Da qué pensar

“Vive cada día como si fuera el último”

Es la sensación de una realidad cada vez más fugaz que cabe en 130 caracteres. Esta tendencia de estilo carpe diem que tan bien ha calado entre los jóvenes, aboga por el máximo disfrute frente a un mañana incierto. Y no es extraño que así lo sientan muchos de los que la defienden, aún a riesgo de resultar extremadamente inmaduros.

Las redes sociales han ido popularizando el uso de enunciados cortos, contundentes, en ocasiones filosóficos, llegando incluso a tatuarse en la piel de algunos. En este caso, la promoción por un estilo de vida basado en el gozo personal e inmediato se ha visto favorecido por el contexto actual. En él, muchos jóvenes han desarrollado poses que pueden resultar egoístas, por la convicción de que no les aguarda un futuro reconfortante.

La consigna, integrante de la llamada psicología positiva, alienta a exprimir cada minuto del día, de nuestras experiencias. Sacándole jugo a la vida frente a una pesada incertidumbre. Una muestra más del individualismo imperante que se perfila como una alternativa al estilo de vida tradicional y rutinario, convirtiendo nuestra subsistencia en algo excitante, algo que nos haga sentir más vivos. Tan vivos que nos haga olvidar las preocupaciones del día siguiente.

Pero lo cierto es que tal afirmación puede interpretarse de distintas maneras y desembocar en consecuencias dispares. Por una parte, este way of life, invita a liberar nuestra energía, a potenciar todos esos estímulos que pasan inadvertidos en el día a día, ayudándonos a ser más felices a corto plazo. Por otro lado, vivir “como si no hubiera un mañana” puede convertirnos en grandes desgraciados si, moviéndonos únicamente por impulsos, no actuamos responsablemente. No sólo hacia nosotros mismos sino con el resto de la sociedad porque, efectivamente, sí que existe un mañana.

Pero, ¿qué es la vida al fin y al cabo sino un viaje de dos días en montaña rusa? Nuestros caminos suelen ser lineales con intermitentes motivos de desaliento más que de ensoñación. ¿Por qué no entonces abrazar a tu madre como si fuera el último día de tu vida aunque sea mentira?, ¿por qué no ser feliz hoy sin saber si lo serás mañana? Es lógico que sea una forma de ver las cosas un tanto controvertida, pero en el equilibrio está el acierto.
Como bien apuntan algunos blogueros, la frase ganaría si fuera reformulada. Quizá deberíamos vivir cada día “como si fuera el primero” de nuestras vidas. Así, disfrutáramos cada día como si lo acabáramos de estrenar, abordaríamos las tareas con ilusión, caminaríamos por la calle apreciando lo que nos rodea, amaríamos como si fuese la primera vez.

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