Da qué pensar

“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”

No se equivocó Cicerón, por ello uno de los grandes filósofos de la Antigüedad, cuando más de dos mil años después de que enunciara esta célebre frase, siga siendo tan válida en la actualidad. Desde el nivel más privado, al público, el ser humano arrastra desde tiempos inmemoriales una faceta intrínseca en él: el temor de enfrentarse a la verdad. Podemos llamarlo cobardía, premeditación o, en algunos casos, prudencia pero el resultado es el mismo: el soterramiento de la verdad en pro de la libertad que nos tomamos por privilegiar razones que creemos justificadas.

George Bush y su alianza de Las Azores sabían que el régimen de Sadam Hussein no poseía armas de destrucción masiva, pero decidieron negarlo para poder intervenir en un territorio rico en recursos naturales. Quizá pudieron justificarlo por la necesidad de imponer el modelo democrático  que ellos consideraban más óptimo para el pueblo iraquí, a riesgo de ocultar la verdad. Para el caso, es lo mismo que un embuste.

Esta práctica, tan extendida en el contexto político a lo largo de la historia, fue formalmente enunciada por Maquiavelo. Así lo defiende Kissinger cuando alega que “el Estado posee una moral distinta de la del individuo”. Este argumento propio de la más pura real politik persigue anteponer   la  licencia para mentir de los dirigentes sobre sus dirigidos. Y uno se pregunta: ¿es lícito que nuestros políticos finjan o no digan la verdad cuando están en juego intereses nacionales?, ¿va a tener la falacia un impacto positivo real en la sociedad?, y la cuestión más importante ¿quién está autorizado para definir qué es interés y por qué es mejor reservar información?

Pero este no es sólo un affaire de Estado. Hasta el más insignificante individuo y su consiguiente insignificante moral se plantan a diario ante el dilema de cómo gestionar la verdad. Creemos que la mentira piadosa puede ayudar en una situación, y una vez más, al igual que en las altas esferas, anteponemos nuestro criterio sobre una cuestión que puede afectar a terceros. Pero no siempre hemos de pensar en el silencio como algo perverso. Imaginemos que sabemos que alguien está siendo engañado pero callamos por miedo a que esta persona sufra. Aun con las mejores intenciones, en el fondo, estamos decidiendo por este individuo en cuanto a lo que consideramos es mejor para él. Y de algún modo, también estamos siendo egoístas por no enfrentarnos a un mal trago.

Con frecuencia, el mutismo, por más que lo queramos suavizar, acaba siendo cómplice del disfraz. Y esta falsificación u omisión de la verdad se intentan justificar por un bien personal o colectivo. Pero, ¿hasta qué punto la invención o el secreto no hacen más daño que una verdad a tiempo? La frontera entre lo que consideramos importante callar o falsear es la misma. Es tremendamente difícil valorar qué es lo que está bien o mal pero lo que está claro es que la verdad duele una vez y la mentira, cada vez que se recuerda.

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